A Lidia Zárate de Briff.
Leo casi simultáneamente tres libros de autores japoneses — Tatsumi Yoshihiro, Mizukisin Shigeru, Akutawaga Ryunosuke — sin ninguna conexión aparente, excepto la del origen. En diferentes momentos surge el tema de los ciruelos, que en Japón tienen una presencia casi divina.
Acá no conviene embarrar estas imágenes con retórica occidental, siempre berborrágica y por ende carente de misterio alguno. Si tenemos la falsa sensación de "dominar" este mundo a través de algún sistema de creencia para alimentar la razón, no dominamos absolutamente nada. Los ciruelos, como todo lo demás, se rehusan a este tratamiento rudimentario.
Sea suficiente decir que en la psiquis japonesa, estos árboles llevan consigo la imagen del ciclo de las estaciones, que son los de la vida misma.
Los japoneses acostumbran sentarse debajo de los ciruelos en la época que florecen, imagen poética por exelencia. Tampoco me interesa aquí leer y luego reproducir (como es ahora la costumbre en época de Internet) algún texto sociológico que nos ayude a entender lo que sucede en estos casos.
Guardemos sí la imagen de gente sentada abajo de esas hojas color ciruela y las flores entre blancas y un pálido rosa.
El ciruelo del terreno de mi casa empezó a jugar su parte en el gran baile universal de las estaciones. Vengo siguiendo desde hace unas semanas el lento despertar. Lo que parecía hace un mes un árbol delgado y desprovisto, es ahora un concierto de ritmos, texturas. Una estética que corta el aliento.
Me abandono a la danza, me uno a cuanto japonés esté persiguiendo esta maravilla a medida que lo peor del invierno también dá lugar a una tempranera primavera en Oriente, en este mismo instante.
En estos momentos prosigue la gran danza universal, como le gustaba decir al querido Thomas Merton. Allá afuera, acá adentro. A cada instante.
En nuestra propia casa la gran danza universal tiene función todos los días.
Y Dante, que con su sabiduría vive el acá y ahora que es eterno, fluye y fluye.
Aquí estamos, atónitos, parte de la danza.
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